bla bla bla
Salida del teatro.
Peor obra de la historia de la humanidad.
Paula:
- Seba, te quiero decir algo.
Sebastián:
- ¿Si? Te escucho.
Paula:
- Bueno… yo creo que sos una persona increíble, lleno de cualidades, pero yo...
Sebastián:
- Me anoté en el gimnasio. ¿Te conté? Quiero bajar un par de kilos.
Paula:
- Ah. (¿A qué vino ese comentario? ¿Se siente inseguro?) Pero bueno… lo que yo quería decirte es que…
Sebastián:
- Me fue re mal en el examen de la facu. El del lunes. Pasé toda la semana re mal.
Paula:
- ¿Y era promocionable?
Sebastián:
- Si. Re mal. Yo sé que no tendría que tomármelo tan en serio pero bueno… Igual no fue porque nos vimos el fin de semana. Me fue mal y punto.
Paula:
- Yo no pensaba que te fue mal por mi culpa, eh.
Sebastián:
- No. Ya sé. Te decía por las dudas.
Paula:
- ¿Por las dudas de qué?
Sebastián:
- Yo sé que cuando uno está en pareja cede cosas, comparte el tiempo. Acepta cosas. Yo me siento muy bien con vos.
Paula:
- Pará. Yo tengo que decirte algo…
Sebastián:
- Me gustaría que conocieras a mi hermana de una vez. No para de preguntarme por vos.
Paula:
- Ah ¿si? Ah.
Sebastián:
- Vamos a visitarla el domingo. Van a estar unos tíos también. En realidad, te pregunto pero ya les dije que íbamos juntos.
Paula:
- Pero no me avisaste. Yo el domingo no puedo.
Sebastián:
- ¿Y qué tenés que hacer?
Paula:
- Yo… eh… Me iba a juntar con las chicas.
Sebastián:
- ¿A hablar mal de los hombres?
Paula:
- ¿Por qué me decís eso?
Sebastián:
- ¿Qué cosa?
Paula:
- Eso. Lo de hablar mal de los hombres.
Sebastián:
- ¿No es lo que hacen todas las mujeres cuando se juntan?
Paula:
- Ah, si, si. No. Vamos a comer un asadito. Gloria lo sabe hacer.
Sebastián:
- Bueno, trata el domingo de hacer una excepción. Si voy solo, voy solo. Pero sería un bajón. Re aburrido.
Paula:
- Mirá… no sé porque yo…
Sebastián:
- Estuve toda la semana re mal. (Y puso su peor cara de perrito mojado) Sería buenísimo terminarla bien. ¿Dale?
Paula:
- Yo… Mañana te digo.
Y no me animé.
No le dije nada.
Seguir leyendo acá.
jueves, 13 de noviembre de 2008
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Decisiones
Después de repasar sus viejos commets:
El siempre sensato concejo de Blonda:
Pauli: Creo que el ser humano se asusta. No pasa por ser hombre o mujer. Cada vez que pienso en conocer a alguien me siento igual de jodidamente asustada...No sé si estoy dispuesta a tener una relación. Tal vez pase por ese miedo latente a sufrir como otras veces y ese instinto de preservación que uno va adquiriendo (de chica no lo tenía).
La inteligente pregunta de Laluz:
¿Por qué huimos de aquello que tantas veces deseamos?
El apoyo incondicional de Arlequín a Sebastián:
¡Yo lo re banco a Sebas!
El comentario de un hombre sensible como Pablo:
Yo no le daría muchas vueltas a que te quiera "conquistar" mucho, dale para adelante, capaz el tipo es un romántico.
Y el de la pobre Cecilia, que no teme decirme su más bruta verdad, y que ya no sabe qué hacer conmigo:
Pau, no temas nena. Estar enamorado es lo mejor que te puede pasar. Es verdad que uno corre ciertos riesgos, riesgos a que las cosas no salgan bien y luego uno salga lastimado. Pero, ¿Cual es la otra opción que nos queda? ¿Decidir no enamorarnos y no correr riesgos? ¿Quedarnos tranquilas, sin demasiados sobresaltos, sin riesgos pero quietitas como un helecho? ¡Déjate llevar! ¡Este chico me gusta y mucho! Además si verdaderamente no hizo un análisis de mercado y estuvo investigando tus gustos y aún así la pega con todo lo que te gusta tenes muchas cosas es común y eso no suele pasar muy frecuentemente con un hombre.
Buen dato que le haya comentado a la hermana de vos, uno no comenta las cosas que para uno son casuales y pasajeras, eso habla de un interés a futuro, de algo que por más que no te juren amor eterno por lo menos hace que avizores un buen tiempo junto a alguien.
Yo no creo en el amor para toda la vida , si en el amor que se va construyendo todos los días y se renueva con cada beso en cada momento cotidiano de nuestras vidas. ¡Anímate a construir una cadena de lindos momentos mujer!
Sé que les voy a contar a continuación no les va a gustar:
Decidí no verlo más a Sebastián.
La razón es sencilla: Me aburre.
Es algo que intenté superar. De verdad. Lo intenté. Yo sé que algún día voy a estar preparada para un amor sin sobresaltos que me lleve de la mano por la vida. Qué se yo. Tal vez algún día esté lista para alguien que quiera comprar conmigo cosas en cuotas y que su único deseo sea pasar los domingos en casa. Sé que algún día tal vez quiera la familia tipo. El novio con los perros, e incluso, quién dice, un hijo. Tal vez hasta desee un hijo algún día. Pero ahora no. Sé que es un tiempo para estar sola. Puede ser que me haya asustado en un primer momento tanto interés, pero si me asustó tanto es que no es él. Y no es él. Y punto. Y mejor no darle tantas vueltas al tema.
Por otro lado, no podría embarcarme en una relación con alguien sólo para tapar mi malestar con el amor. No justo para nadie. Ni para él ni para mí.
Y entonces decidí no verlo más. Y ahora se lo tengo que comunicar. Y, aunque soy malvada, quiero que sepan que para mí es difícil. No seré rubia ni de ojos azules pero le voy a romper el corazón.
Y no está tan bueno.
Sobre todo porque ahora sé que la que tiene problemas con el compromiso soy yo.
Seguir leyendo acá.
El siempre sensato concejo de Blonda:
Pauli: Creo que el ser humano se asusta. No pasa por ser hombre o mujer. Cada vez que pienso en conocer a alguien me siento igual de jodidamente asustada...No sé si estoy dispuesta a tener una relación. Tal vez pase por ese miedo latente a sufrir como otras veces y ese instinto de preservación que uno va adquiriendo (de chica no lo tenía).
La inteligente pregunta de Laluz:
¿Por qué huimos de aquello que tantas veces deseamos?
El apoyo incondicional de Arlequín a Sebastián:
¡Yo lo re banco a Sebas!
El comentario de un hombre sensible como Pablo:
Yo no le daría muchas vueltas a que te quiera "conquistar" mucho, dale para adelante, capaz el tipo es un romántico.
Y el de la pobre Cecilia, que no teme decirme su más bruta verdad, y que ya no sabe qué hacer conmigo:
Pau, no temas nena. Estar enamorado es lo mejor que te puede pasar. Es verdad que uno corre ciertos riesgos, riesgos a que las cosas no salgan bien y luego uno salga lastimado. Pero, ¿Cual es la otra opción que nos queda? ¿Decidir no enamorarnos y no correr riesgos? ¿Quedarnos tranquilas, sin demasiados sobresaltos, sin riesgos pero quietitas como un helecho? ¡Déjate llevar! ¡Este chico me gusta y mucho! Además si verdaderamente no hizo un análisis de mercado y estuvo investigando tus gustos y aún así la pega con todo lo que te gusta tenes muchas cosas es común y eso no suele pasar muy frecuentemente con un hombre.
Buen dato que le haya comentado a la hermana de vos, uno no comenta las cosas que para uno son casuales y pasajeras, eso habla de un interés a futuro, de algo que por más que no te juren amor eterno por lo menos hace que avizores un buen tiempo junto a alguien.
Yo no creo en el amor para toda la vida , si en el amor que se va construyendo todos los días y se renueva con cada beso en cada momento cotidiano de nuestras vidas. ¡Anímate a construir una cadena de lindos momentos mujer!
Sé que les voy a contar a continuación no les va a gustar:
Decidí no verlo más a Sebastián.
La razón es sencilla: Me aburre.
Es algo que intenté superar. De verdad. Lo intenté. Yo sé que algún día voy a estar preparada para un amor sin sobresaltos que me lleve de la mano por la vida. Qué se yo. Tal vez algún día esté lista para alguien que quiera comprar conmigo cosas en cuotas y que su único deseo sea pasar los domingos en casa. Sé que algún día tal vez quiera la familia tipo. El novio con los perros, e incluso, quién dice, un hijo. Tal vez hasta desee un hijo algún día. Pero ahora no. Sé que es un tiempo para estar sola. Puede ser que me haya asustado en un primer momento tanto interés, pero si me asustó tanto es que no es él. Y no es él. Y punto. Y mejor no darle tantas vueltas al tema.
Por otro lado, no podría embarcarme en una relación con alguien sólo para tapar mi malestar con el amor. No justo para nadie. Ni para él ni para mí.
Y entonces decidí no verlo más. Y ahora se lo tengo que comunicar. Y, aunque soy malvada, quiero que sepan que para mí es difícil. No seré rubia ni de ojos azules pero le voy a romper el corazón.
Y no está tan bueno.
Sobre todo porque ahora sé que la que tiene problemas con el compromiso soy yo.
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Sebastián mono-milagroso,
TRISTE CHICA COSMO
domingo, 9 de noviembre de 2008
El chupasangre
bla bla bla
Toda diva tarde o temprano conoce al hombre que la llevará a los extremos más altos de su vida y los más bajos de su carrera: el chupasangre.
Britney Spears tuvo su Kevin Federline, Whitney Houston tuvo a su Bobby Brown, y por estos lados, bien al fin del mundo, Susana Giménez tuvo su Huber y Pampita a su Martín Barrantes.
Ahí están ellas: amadas, admiradas, deseadas por cualquier hombre, con la caja fuerte tan llena que no se puede cerrar, pero no. Algo les falta si no están en una relación tormentosa que las haga sentir vivas.
A cambio, estas criaturas vampirezcas, que huelen los flashes de las fotos como los murciélagos huelen la sangre vacuna, algo les dan. Aunque no sea precisamente amor.
Su técnica es sencilla: toda mujer, por más exitosa y autosuficiente que sea, esconde el fondo una sed inagotable de pasión.
Al principio, ellos les dan lo que ellas siempre soñaron pero después siempre les quitan mucho más. En los años siguientes de ese primer momento de encantamiento ellas intentarán a toda costa recuperar a ese hombre que conocieron, sin querer aceptar que tal vez jamás existió.
Su maquiavélica misión es clara: minar a la autoestima de la diva hasta crearle dependencia emocional. Poco a poco van boicoteando su integridad y jamás paran hasta lograr que tengan el mismo temblequeo nervioso que la presa tiene ante el cazador.
Y cada día el vampiro succiona y la victima ni siquiera tiende a gritar. Y sin embargo, cuando está a punto de secarse, en ese último momento, el vampiro la calma, la besa, la lleva en brazos hasta la cama, le dice las cosas más hermosas del mundo, reviven la pasión de los primeros tiempos, planifican un hijo, se compran una nueva mansión, y ella, notoriamente, vuelve a brillar.
Y así una y otra vez.
No importa si en el medio se les va vaciando la caja fuerte en pequeñas dosis casi imperceptibles.
No importa las infidelidades ni la explotación si después por las noches tienen adonde acomodar entre las sábanas los pies fríos.
Tampoco importan los golpes ni las adicciones. Y no importan las humillaciones públicas, ni los abogados, ni las rondas de prensa, ni que el dolor poco a poco las va quemando por dentro y agujereando la cama.
En los mejores de los casos finalmente rompen. El juego se disuelve. Volará por ahí el murciélago en busca de sangre más fresca. Huirá despavorida la diva apenas tenga la oportunidad.
Pero algo está claro: para que esta clase de relaciones funcione deben sumarse dos clases de adicciones que da como resultado una combinación fatal: por el lado de él, la adicción al poder, a la fama y al dinero, y por el otro de ella, la adicción al amor.
Lamentablemente, la mayoría de las mujeres sabemos muy bien que no hay que ser una diva para padecer esa enfermedad.
Toda diva tarde o temprano conoce al hombre que la llevará a los extremos más altos de su vida y los más bajos de su carrera: el chupasangre.
Britney Spears tuvo su Kevin Federline, Whitney Houston tuvo a su Bobby Brown, y por estos lados, bien al fin del mundo, Susana Giménez tuvo su Huber y Pampita a su Martín Barrantes.
Ahí están ellas: amadas, admiradas, deseadas por cualquier hombre, con la caja fuerte tan llena que no se puede cerrar, pero no. Algo les falta si no están en una relación tormentosa que las haga sentir vivas.
A cambio, estas criaturas vampirezcas, que huelen los flashes de las fotos como los murciélagos huelen la sangre vacuna, algo les dan. Aunque no sea precisamente amor.
Su técnica es sencilla: toda mujer, por más exitosa y autosuficiente que sea, esconde el fondo una sed inagotable de pasión.
Al principio, ellos les dan lo que ellas siempre soñaron pero después siempre les quitan mucho más. En los años siguientes de ese primer momento de encantamiento ellas intentarán a toda costa recuperar a ese hombre que conocieron, sin querer aceptar que tal vez jamás existió.
Su maquiavélica misión es clara: minar a la autoestima de la diva hasta crearle dependencia emocional. Poco a poco van boicoteando su integridad y jamás paran hasta lograr que tengan el mismo temblequeo nervioso que la presa tiene ante el cazador.
Y cada día el vampiro succiona y la victima ni siquiera tiende a gritar. Y sin embargo, cuando está a punto de secarse, en ese último momento, el vampiro la calma, la besa, la lleva en brazos hasta la cama, le dice las cosas más hermosas del mundo, reviven la pasión de los primeros tiempos, planifican un hijo, se compran una nueva mansión, y ella, notoriamente, vuelve a brillar.
Y así una y otra vez.
No importa si en el medio se les va vaciando la caja fuerte en pequeñas dosis casi imperceptibles.
No importa las infidelidades ni la explotación si después por las noches tienen adonde acomodar entre las sábanas los pies fríos.
Tampoco importan los golpes ni las adicciones. Y no importan las humillaciones públicas, ni los abogados, ni las rondas de prensa, ni que el dolor poco a poco las va quemando por dentro y agujereando la cama.
En los mejores de los casos finalmente rompen. El juego se disuelve. Volará por ahí el murciélago en busca de sangre más fresca. Huirá despavorida la diva apenas tenga la oportunidad.
Pero algo está claro: para que esta clase de relaciones funcione deben sumarse dos clases de adicciones que da como resultado una combinación fatal: por el lado de él, la adicción al poder, a la fama y al dinero, y por el otro de ella, la adicción al amor.
Lamentablemente, la mayoría de las mujeres sabemos muy bien que no hay que ser una diva para padecer esa enfermedad.
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HABLEMOS MAL DE LOS HOMBRES
viernes, 7 de noviembre de 2008
TRIANGULO DE AMOR BIZARRO
Matías, Sebastián y yo
bla bla bla
El accidente de Mr. Wrong, que no quiera verme, me volvió a afectar. Otra vez me la pasé acostada mirando el funesto vuelco que dio mi vida este año cuando perdí mi estable trabajo junto con mi estable pareja. Mis sueños estables junto con mis estables ganas de vivir. Otra vez revivir el dolor con todas sus caras, pero con la diferencia de que tengo una certeza: esta vez no iba a ir a su casa ni tocar su timbre por muy preocupada que me haya quedado. Si hablar con él me hace mal, verlo otra vez no me parece una buena idea. Al menos no hasta que no me afecte tanto sus cambios de estado.
Pero Sebastián no supo lo de Mr. Wrong y siguió llamando. Di tantas excusas, algunas tan inverosímiles, y no pude decirle: “Estoy mal por mi ex”. No da. No daba. Sin embargo, tenía ganas de verlo a Matías. Qué contradicción. Se me rompió la computadora y me puse a llorar. Empecé a revolver papeles mientras tiraba cosas viejas de mi ex y encontré el teléfono de mi psicóloga. La volví a llamar para retomar la terapia. No estaba. Le dejé el mensaje. ¿Qué hice con mi vida? ¿Qué pasó? ¿Cómo todo se me fue de las manos así?
La llamé llorando a Julia, una de mis amigas más cercanas:
Julia:
Pau, ¿por qué no atendías el teléfono?
Paula:
Estoy medio mal.
Julia:
¿Qué pasa?
Paula:
Mi vida. No sé que le pasó.
Julia:
Sabés que te está deprimiendo a vos.
Paula:
¿Qué?
Julia:
Sebastián. Ese chico te deprime porque no te gusta, pero estás tratando de que te guste igual.
Paula:
No es que no me gusta, pero sí, creo que no me gusta.
Julia:
Estás haciendo lo que siempre hago yo. El triángulo.
Paula:
¿Qué?
Julia:
Un pibe que me gusta pero no me da mucha bola. Aparece otro pibe que se muere por mí pero a mí no me gusta tanto.
Paula:
Pero a mí Matías no me gusta demasiado tampoco.
Julia:
Pero te gusta más que Sebastián, es obvio.
Paula:
Porque con él es más tranqui. Es más comodo. Pero Sebastián me gusta también, lo que pasa que ahora yo no estoy muy alineada con lo que él siente.
Julia:
Porque en este momento no estás para algo serio y te sentís presionada. Sobre todo porque todavía no cerraste lo de tu ex. Y bueno, ninguno es el hombre de tu vida. Relajate.
Paula:
Creo que es precisamente lo que necesitaba escuchar. Por algo te llamé a vos.
----------
SMS de Sebastián:
¿Y? ¿Vamos al cine a la tarde?
SMS de Paula:
Tengo que ir a una entrevista de trabajo.
SMS de Sebastián:
Bueno, suerte.
--------
SMS de Paula:
Matías, ¿nos vemos hoy un ratito?
SMS de Matías:
No soy un objeto sexual.
SMS de Paula:
No sabía que te sentías así. ja. La próxima vez te tomo la mano y te miro a los ojos.
SMS de Matías:
Novelera.
SMS de Paula:
Decime melodramática.
SMS de Matías:
Hoy no puedo. Un besote.
Ok. Sabía que me iba a pasar. Sin el pan y sin la torta. Era obvio. Pero aún así todo esto, tan Montaña Rusa reload, me puso de buen humor.
Y toda la tarde me la pasé tarareando nuestra vieja canción.
Seguir leyendo acá.
bla bla bla
El accidente de Mr. Wrong, que no quiera verme, me volvió a afectar. Otra vez me la pasé acostada mirando el funesto vuelco que dio mi vida este año cuando perdí mi estable trabajo junto con mi estable pareja. Mis sueños estables junto con mis estables ganas de vivir. Otra vez revivir el dolor con todas sus caras, pero con la diferencia de que tengo una certeza: esta vez no iba a ir a su casa ni tocar su timbre por muy preocupada que me haya quedado. Si hablar con él me hace mal, verlo otra vez no me parece una buena idea. Al menos no hasta que no me afecte tanto sus cambios de estado.
Pero Sebastián no supo lo de Mr. Wrong y siguió llamando. Di tantas excusas, algunas tan inverosímiles, y no pude decirle: “Estoy mal por mi ex”. No da. No daba. Sin embargo, tenía ganas de verlo a Matías. Qué contradicción. Se me rompió la computadora y me puse a llorar. Empecé a revolver papeles mientras tiraba cosas viejas de mi ex y encontré el teléfono de mi psicóloga. La volví a llamar para retomar la terapia. No estaba. Le dejé el mensaje. ¿Qué hice con mi vida? ¿Qué pasó? ¿Cómo todo se me fue de las manos así?
La llamé llorando a Julia, una de mis amigas más cercanas:
Julia:
Pau, ¿por qué no atendías el teléfono?
Paula:
Estoy medio mal.
Julia:
¿Qué pasa?
Paula:
Mi vida. No sé que le pasó.
Julia:
Sabés que te está deprimiendo a vos.
Paula:
¿Qué?
Julia:
Sebastián. Ese chico te deprime porque no te gusta, pero estás tratando de que te guste igual.
Paula:
No es que no me gusta, pero sí, creo que no me gusta.
Julia:
Estás haciendo lo que siempre hago yo. El triángulo.
Paula:
¿Qué?
Julia:
Un pibe que me gusta pero no me da mucha bola. Aparece otro pibe que se muere por mí pero a mí no me gusta tanto.
Paula:
Pero a mí Matías no me gusta demasiado tampoco.
Julia:
Pero te gusta más que Sebastián, es obvio.
Paula:
Porque con él es más tranqui. Es más comodo. Pero Sebastián me gusta también, lo que pasa que ahora yo no estoy muy alineada con lo que él siente.
Julia:
Porque en este momento no estás para algo serio y te sentís presionada. Sobre todo porque todavía no cerraste lo de tu ex. Y bueno, ninguno es el hombre de tu vida. Relajate.
Paula:
Creo que es precisamente lo que necesitaba escuchar. Por algo te llamé a vos.
----------
SMS de Sebastián:
¿Y? ¿Vamos al cine a la tarde?
SMS de Paula:
Tengo que ir a una entrevista de trabajo.
SMS de Sebastián:
Bueno, suerte.
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SMS de Paula:
Matías, ¿nos vemos hoy un ratito?
SMS de Matías:
No soy un objeto sexual.
SMS de Paula:
No sabía que te sentías así. ja. La próxima vez te tomo la mano y te miro a los ojos.
SMS de Matías:
Novelera.
SMS de Paula:
Decime melodramática.
SMS de Matías:
Hoy no puedo. Un besote.
Ok. Sabía que me iba a pasar. Sin el pan y sin la torta. Era obvio. Pero aún así todo esto, tan Montaña Rusa reload, me puso de buen humor.
Y toda la tarde me la pasé tarareando nuestra vieja canción.
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martes, 4 de noviembre de 2008
EL BOLICHERO
Bla bla bla
Los bolicheros se caracterizan por competir por quien tiene el mejor celular, gastarse la mitad de su sueldo en tragos y hacer del sábado a la noche lo que el domingo a la mañana es para un religioso.
Su misión es levantarse a una mina o a varias en una noche. Para eso primero “toca” con sus pegajosas manos transpiradas a cualquiera que pasa con una remera simpática, un escote llamativo o una pollera muy corta. El bolichero nunca se acerca a la que mira de costado en un grupo de chicas. No. El bolichero tiene una clara misión: Ponerla esta noche.
Salen de a grupo. A veces son una dupla como la de Batman y Robin. A veces son grupos de 4 a 5.
Y entonces, tal vez en un bondi, tal vez en la calle o en la peatonal, te ves rodeada por una manga de boludos con olor a alcohol y con pocas ganas de conocer el anonimato. Siempre está el de la cara de la tengo re clara que indiscutiblemente va de la mano con algún peinado raro.
Yo no tengo nada en contra de la cumbia, de la música electrónica ni nada en contra de del rock, pero detesto a los cumbiancheros, a los boluditos que escuchan sólo a djs, y a los rollingas cuando están en patota. Todos los extremos son malos y yo detesto las patologías colectivas. Pero los sábados a la noche odio todo eso a un grado exponencial. La razón es simple: todos y cada uno de estos grupos tienen su lugar y van en masa a su santuario para seguir el ritual: El boliche.
El boliche es la oda a la histeria, al piso pegoteado, al baño en estado calamitoso y al levante deportivo. Nada más horrible que terminar sosteniéndole la cabeza en el baño a una desconocida de pura solidaridad, por tu culpa, bolichero, que te propusiste emborracharla desde que entraste por la puerta.
A vos, que no sabes ponerte un límite con el tema del gel, a vos te digo: ¿Si paso mi mano por tu pelo sale de ahí? A vos que tenés la remerita nueva y el piercing de moda en la ceja izquierda: ¿Pensás que con eso vas a levantar? A vos que pones música con el celular y que decís a los gritos “Ahora el bondi es un boliche”, a vos te pregunto: ¿Y si yo no quería ir a bailar?
A todos ustedes les hablo para que abran los ojos. No se hagan los tontos. Si, a ustedes. Piensan que son distintos pero son iguales, de la misma calaña.
Son bolicheros.
Los bolicheros se caracterizan por competir por quien tiene el mejor celular, gastarse la mitad de su sueldo en tragos y hacer del sábado a la noche lo que el domingo a la mañana es para un religioso.
Su misión es levantarse a una mina o a varias en una noche. Para eso primero “toca” con sus pegajosas manos transpiradas a cualquiera que pasa con una remera simpática, un escote llamativo o una pollera muy corta. El bolichero nunca se acerca a la que mira de costado en un grupo de chicas. No. El bolichero tiene una clara misión: Ponerla esta noche.
Salen de a grupo. A veces son una dupla como la de Batman y Robin. A veces son grupos de 4 a 5.
Y entonces, tal vez en un bondi, tal vez en la calle o en la peatonal, te ves rodeada por una manga de boludos con olor a alcohol y con pocas ganas de conocer el anonimato. Siempre está el de la cara de la tengo re clara que indiscutiblemente va de la mano con algún peinado raro.
Yo no tengo nada en contra de la cumbia, de la música electrónica ni nada en contra de del rock, pero detesto a los cumbiancheros, a los boluditos que escuchan sólo a djs, y a los rollingas cuando están en patota. Todos los extremos son malos y yo detesto las patologías colectivas. Pero los sábados a la noche odio todo eso a un grado exponencial. La razón es simple: todos y cada uno de estos grupos tienen su lugar y van en masa a su santuario para seguir el ritual: El boliche.
El boliche es la oda a la histeria, al piso pegoteado, al baño en estado calamitoso y al levante deportivo. Nada más horrible que terminar sosteniéndole la cabeza en el baño a una desconocida de pura solidaridad, por tu culpa, bolichero, que te propusiste emborracharla desde que entraste por la puerta.
A vos, que no sabes ponerte un límite con el tema del gel, a vos te digo: ¿Si paso mi mano por tu pelo sale de ahí? A vos que tenés la remerita nueva y el piercing de moda en la ceja izquierda: ¿Pensás que con eso vas a levantar? A vos que pones música con el celular y que decís a los gritos “Ahora el bondi es un boliche”, a vos te pregunto: ¿Y si yo no quería ir a bailar?
A todos ustedes les hablo para que abran los ojos. No se hagan los tontos. Si, a ustedes. Piensan que son distintos pero son iguales, de la misma calaña.
Son bolicheros.
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