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miércoles, 15 de abril de 2009

El músico (3)

o aquellos tiempos felices
bla bla bla

La segunda cita fue exquisita. Esa noche caminamos por media ciudad. Hablamos un montón, yo de Foulcault, él de Bach, para después terminar escuchando a desconocidos cantar canciones de Sin banderas, Maná, Arjona, Luis Miguel en un cantobar.

Fue muy extraño. Era como si nos conociéramos. Como si hubiéramos sido vecinos desde chico, como si hubiéramos ido al mismo colegio, tuviéramos los mismos amigos. Esa noche yo tenía ganas de irme con él pero, a pesar de sus insistencias, me hice la difícil. Me acompañó a tomar el 7, y dejamos pasar de largo como 7 colectivos para besarnos en la parada.

Apenas llegué a mi casa, mientras estaba cerrando la puerta, Lola me preguntó qué tal me había ido. Yo, con la peor cara de cursi, le contesté: “Creo que estoy enamorada”. Y me apoyé sobre la puerta en medio de un suspiro.

En la tercera cita me invitó a cenar a su casa. Una pizza vegetariana. Su casa era una habitación de pensión, enorme, que sólo tenía una cama, varios libros de budismo y un piano. Sus vecinos, que no sé si eran japoneses, chinos o coreanos, venían a cada rato para charlar con él. Me presentó a Lai Yiu-fai, (yo le puse así en honor al protagonista principal de Happy together), y fuimos hasta la cocina a tomar té de jengibre. Una delicia.

Y por un tiempo todo fue así. Yo le hablaba de la microfísica del poder, el panóptico, la sociedad de control. El… El me hacía perder el control. Y siempre trataba, inútilmente, de convencerme y hacerme una vegano.

De a poco, y con naturalidad, me fue introduciendo a su mundo extraño con música clásica de fondo hasta que todo eso me empezó a resultar de lo más corriente y rutinario.

Pero un día…


martes, 14 de abril de 2009

El músico (2)

O el amor y la numerología
bla bla bla

Flashback – Sábado por la noche – Año: 2003

Un amigo nuestro había venido de Mar del Plata y quería conocer San Telmo. Había luna llena. Roco-Debilidad estaba deambulando con su primo uruguayo, que años después sería un traficante de fósiles en Cabo Polonio. Su primo y mi amiga Angy, la enamoradiza, se flecharon y se pusieron a hablar. Enseguida estaban a los besos en una esquina de Plaza Dorrego.
Roco se me acercó. A mí no me llamó particularmente la atención. Nuestro pobre amigo se volvió al hotel. Yo me quedé.
Hacía calor. Luna llena. Los ojos azules de Roco. Y todo lo demás surgió como en medio de un encantamiento. Roco tiene la mirada más dulce que vi. Esa noche nos sentamos en la vereda y por supuesto que me improvisó una canción. Tenía una armónica en el bolsillo. Sería uno de esos números conquistadores que haría siempre. Para colmo funcionó. Obvio. Angy y el primo de Roco jamás se volvieron a ver. Nosotros dos esa noche nos besamos.
Después me puso al tanto de su obsesión por el nº14 y me acompañó a tomar el 7 que es precisamente la mitad de 14. Me pidió el teléfono. ¿Y adivinen con qué número terminaba mi teléfono de aquella época? Sí. Sí. Con 14.

Llamó, llamó y volvió a llamar.

Y así consiguió la segunda cita.


domingo, 12 de abril de 2009

El músico (1)

O de cómo lo conocí a Roco-Debilidad
bla bla bla

A Roco-Debilidad lo conocí hace ya muchos años atrás. Yo todavía iba a la facultad y era una chica muy estudiosa y seria, que estaba pasando por mi momento más ateo y científico. Roco, en cambio, estaba pasando por su momento más místico. Había dejado de tomar alcohol, de comer carne, y cualquier otra clase de “cosas” porque el número 14 lo “seguía” y el 14 representaba los extremos. En ese momento de su vida para él todo era blanco o negro y entonces había elegido el camino de los vegetarianos acérrimos. Ni leche ni huevo. Definitivamente no sé qué comía. Obviamente que yo no me lo tomaba en serio después de semejantes afirmaciones numerológicas. Es más, prácticamente me reía en su cara con un vaso de cerveza en una mano y una hamburguesa en la otra. Pero por otro lado se estaba lanzando a vivir de la música y mientras tanto trabajaba en un locutorio de Once. Eso era muy admirable para mí que escribía medio a escondidas, sin tomármelo en serio. En ese tiempo de lo único que yo hablaba era de Foucault. Foucault me había pegado como si fuera un Reggaeton en la playa. A Roco sólo lo escuchabas hablar de Bach. Toda la vida de Bach era como un misterioso mapa espiritual para él. En fin, dos freaks en sus momentos más freaks que convergieron una noche de verano en Plaza Dorrego.

Yo tenía puesto un pantalón rojo.

Él siempre se acuerda de ese detalle.


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