
o el cementerio de los exs
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Una vez leí en una revista psicoanalítica que para que una relación funcione siempre debe haber un tercero. Un tercero a nivel simbólico. De alguna forma, esta afirmación nos dice que los celos, en su justa medida, son algo necesario.
Nunca fui una mujer celosa. No es que sea la reina de la seguridad pero el gasto de energía que produce “estar celoso” me parece un agregado insoportable al gasto de energía de “estar enamorado”.
Hace unos años me embarqué en una relación rara que duró unos cuantos meses. Al principio teníamos una especie de juego. En vez de actualizarnos con el historial emocional de cada uno teníamos el acuerdo tácito de que ninguno de los dos mencionaba a nadie. Algo así como: Desde acá empezamos de cero. Nuestro pasado no nos condiciona. Vivimos el presente. Somos el hoy. Siguiendo esta dinámica, pasaron tres meses: Alguno iba a tener que decir algo acerca de sus antiguas relaciones. Era como un western donde alguno de los dos tenía que desenfundar primero y disparar cuanto antes. El primero fue él.
Me confesó que estuvo perdidamente enamorado, que ella lo había abandonado, que estuvo deprimido todo un año, que nunca pudo entender la situación. Yo jamás, hasta ese momento, había conocido un sentimiento como el que él me describía. Cada vez que él la mencionaba, por el sólo hecho de que no era un tema habitual, se volvía un espina que se me atravesaba en la garganta y que no podía digerir. Obviamente que, a partir de ahí, mi transformación fue inminente. Me transformé en algo odioso: la celosa de la relación.
El me demostraba que estaba conmigo, que sentía cosas por mí, pero yo no podía evitar escuchar, aunque estuviéramos hablando de otra cosa, ese tono entre sangrante y amoroso que tenía su voz apenas la mencionaba. Todavía ahora, que estoy escribiendo este post, muchos años después, parece que lo siguiera escuchando.
Después entendí, que, tal vez inconscientemente, todo eso era algo que él fomentaba. De alguna manera deslizaba conclusiones acerca del amor o de la pareja nacidas de su experiencia pasada. Pero en ese momento no lo veía tan claro. Me pasaba horas pensando en el nombre de esa mujer. Horas pensando en su personalidad, en su belleza. Horas imaginándome cómo había sido la vida de él con ella. Las rutinas que seguirían juntos. Si irían a cenar al mismo lugar que él me llevaba. Y a veces, entre llanto, si él realmente la había olvidado o seguía extrañándola.
Apenas nos dejamos de ver el nombre de esa mujer volvió a ser sólo un nombre más y dejó de ser una idea recurrente que me sacaba la felicidad. De hecho, ya ni pienso en el tema, lo que comprueba lo atinado de la teoría del tercero simbólico. Sólo cuando terminé esa historia me reconcilié con la ex de mi ex. También me di cuenta que, a la vez, yo iba a ser una idea recurrente para otra mujer, una espina atravesada en la garganta para la siguiente. Y cómo pasa con los muertos, que una vez debajo de la tierra ya no se distinguen entre ricos y pobres, hombres y mujeres, niños o ancianos, finalmente el mismo territorio inhóspito del olvido nos iguala con los otros que fueron pero que tampoco son.
Ella y yo, todos en algún momento de nuestras vidas, fuimos a parar al cementerio de los exs.