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Cuando me invitaron a hablar mal de los hombres no lo dudé: a mi juego me llamaron. Automáticamente busqué en mi disco rígido, hurgué más allá de mi memoria selectiva y lo hallé. Ahí estaba, el tipo que más desprecio me produce, el que más lágrimas de indignación me produjo, el que me llevó a replantearme si yo era una masoquista empedernida, si necesitaba un psiquiatra o si tan sólo pasaba por una etapa de desequilibrio y buscaba una compañía similar.
Supongo (o quiero suponer) que todos cargamos con un muerto en el placard, una pareja que nos ha avergonzado por feo, desubicado, soberbio o simplemente por idiota. A este punto quería llegar. Yo no creo que este chico del que les voy a hablar sea mala gente, pero sí apuesto todo lo que tengo a que es un idiota. Y eso es más peligroso aún. Prefiero un mal tipo antes que un estúpido, porque ésta segunda opción te mantiene desconcertado siempre.
Vamos al caso puntual. M era un corto total pero mágicamente duró dos largos años en mi vida. Tenía todos los condimentos que podrían alejarlo de mi: jamás leía un libro, se reía a carcajadas con cualquier programa de televisión, se tiraban con sifones de soda con su familia en cada pelea y por sobre todas las cosas: era barrabrava de fútbol. Qué categoría, por favor. Si usted está ante un espécimen de este tipo, huya ahora.
Ejemplos para mantenerse alerta y detectarlo a tiempo. M vivía con la camiseta de Racing puesta. No importaba si íbamos a cenar para nuestro aniversario, si asistíamos a una gala de beneficencia, a un casamiento o a la Facultad, la llevaba tatuada en la piel. Ya en la segunda cita dió el primer indicio de lo que sería nuestra relación, pero no lo quise ver. Me llevó a la cancha haciéndome creer que veríamos el partido desde la cabina para la prensa y terminamos primero en los quinchos de la cancha saludando con un beso al Rulo, el jefe de la Guardia Imperial y más tarde en la popular entre todos los muchachos poniéndole el cuerpo a las avalanchas.
¿Sus planes brillantes a futuro?: un chanchito con monedas que algún día serviría para comprar Racing (sí, como lo leen, el club entero); la meta de ser el hincha con mayor asistencia a partidos de local; comprar una casa y empapelarla de celeste y blanco, y la peor: tener un hijo varón para llamarlo Chango (por el viejo goleador de Racing, el “Chango” Cárdenas).
Lo más patético de todo viene ahora, este engendro de hombre se ha casado, convive en pareja hace años y dicen que es feliz. Yo sigo dando vueltas, viviendo con mi mamá y bancándome las presiones de mi abuela porque pasan los años y sigo coleccionando novios.
Y todavía me pregunto: ¿Quién era más vivo de los dos?
La Capitana
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