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miércoles, 30 de mayo de 2012

Príncipes de la neurosis

Olvidate del príncipe azul porque no existe
bla bla bla




El otro día vi una charla de la guionista de "Cuando Harry conoció a Sally", Norah Ephron, y hablaba de las relaciones en el último siglo. Tanto ella, como el director de la película, coincidieron en algo: si la historia de Sally y Harry hubiera pasado en la vida real no hubieran terminado juntos. ¿Por qué? Es muy interesante escuchar la teoría que paso a compartir.


En las historias de amor de antes siempre había un oponente real. En Romeo y Julieta, por ejemplo, los antagonistas eran las familias de cada uno. Los amantes eran separados por razones externas. Resulta que en la actualidad la mayoría de las historias de amor ya no tienen oponentes reales sino internos: ellos no quieren comprometerse. Bienvenidos al mundo de la neurosis masculina.


Mi amiga Florencia se acaba de separar de su novio con el que tenía pensado irse a vivir dentro de los próximos meses. Alejandra, una compañera de la facu, se acaba de ir de la casa que compartía con su pareja porque le encontró unos mensajes de texto comprometedores. Las dos coinciden en algo. Cada vez que la relación les pide un poco más pasa lo siguiente: ellos se borran. Me pregunto: ¿Qué está pasando con los hombres? ¿Dónde están los príncipes que nos prometieron? La respuesta es sencilla. No existen.


Las tragedias de antes eran tragedias verdaderas. Las de ahora son solo pequeñas tragedias: mujeres que la siguen remando, ellos que paran el bote para tomar sol. Nuestra única esperanza es que se animen al diván.


Así que la próxima vez que un hombre te diga histérica ya sabés que contestarle: "callate, neurótico".




miércoles, 10 de agosto de 2011

El doble

O los malos ejemplos
bla bla bla



Y de repente salís con alguien con un parecido importante con tu ex. No sos la primera en darte cuenta. Te lo dicen los demás. 


Pero no es.


Es diferente cuando habla, cuando se ríe, cuando te mira. Cuando corta la carne o te toca la cara. Tienen también cosas en común. Aficiones, libros, comentarios, películas. Sueños. Y a vos. A vos también te tienen en común.


Pero no es.


Y lo entendés a Tinelli, porque te das cuenta que estás jugando al espejo. Y querés encontrar en ese nuevo aquello que era de aquel otro, el original, que quizá cambió tanto que ya no es ni la sombra de ese que te amaba y amabas en el mismo tiempo y espacio. Porque vos también cambiaste. Cambiaste mucho este tiempo.   Y ya ni siquiera te gastás en pensar en una reconciliación. Te atrae el doble porque es nuevo, y el viejo, el original, ya no es lo que era.Y porque nunca se podrá volver al principio con el original, pero con el doble se podría empezar algo nuevo. Y sin querer, el doble te gusta porque es nuevo pero es igual. El único problema es que no te hace reír y soñar así.


Porque no es.


Y no es.


Y pasan los días y te das cuenta que no es.


Que por suerte no es. 


Que aquello, eso que ya fue y que nunca volverá a ser, fue único. 


Que Tinelli no es un buen ejemplo para los niños.

viernes, 16 de julio de 2010

“Proyecto Wedding”

O la prohibición del matrimonio heterosexual 
bla bla bla

Ayer fue una gran día para la historia argentina. Se aprobó el derecho al matrimonio gay y todo fue una fiesta. No sólo para la comunidad homosexual y lesbiana, sino para las generaciones más jóvenes que crecimos en democracia. Sí, sin duda, somos los jóvenes los que más valoramos la plenitud de los derechos civiles y los que también festejamos en nuestros facebooks y twitters la aprobación de esta ley de igualdad.

Pero, más allá de mi agrado con la noticia, me llamó la atención un hecho. Una paradoja interesante desde el punto de vista social. Los mismos jóvenes heterosexuales, que salimos a festejar la aprobación de este derecho civil, somos también a los que tanto nos cuesta dar el sí. 

Es pertubador el nuevo mapa de las relaciones. Estamos en una época donde los proyectos “para toda la vida” nos suenan utópicos. Sin mencionar  que la palabra “matrimonio”  nos suele causar fobia, pánico y hasta stress. 

Entonces se me ocurrió la idea de un experimento sociológico. ¿Qué pasaría si prohibiéramos el matrimonio entre heterosexuales al menos por un tiempo para ver qué pasa? ¿Ocurriría lo mismo que sucede cuando a los nenes se les prohíbe el chocolate? 

Mi hipótesis es que de forma súbita todo el mundo se querría casar. Me imagino a las parejas escapándose juntas para vivir una gran historia de amor al estilo Romeo y Julieta. Tortolitos que huyen en busca de un lugar donde puedan firmar el bendito papel. Una isla caimanes para enamorados. 

Estoy segura que este proyecto sería auspiciado por los vendedores de vestidos de novias y fracs, los salones de fiestas, y los agentes de viajes con sus paquetes de luna de miel. Sus opositores más acérrimos serían las páginas de citas, los lugares de encuentros de solos y solas y, por supuesto, las madres castradoras que se quedarían sin nada que hacer. Porque ya se sabe que el hilo que separa la prohibición y el deseo es muy delgado. Tan finito como, para dar un ejemplo bien claro, el de la tanga de alguna de las chicas de Bailando por un sueño.

viernes, 12 de febrero de 2010

martes, 27 de octubre de 2009

Instrucciones para sacarse una curita


O distintas formas de elaborar un duelo
bla bla bla


Supongamos que tenemos una herida abierta sobre la rodilla. La herida sangra y necesitamos cubrirla. Como somos prácticos, le ponemos una curita encima. A los días, cuando la herida está un poco más cicatrizada, debemos quitar la curita. ¿ Pero cómo es mejor sacarla? ¿De a poco o de un tirón? Ambos mecanismos son válidos y tienen sus pros y sus contras. Si saca la curita de a poco el dolor es menor y eso es lo positivo. Lo negativo es que de esa forma se tarda más tiempo. Si se saca la curita de un tirón podemos hablar de un procedimiento rápido y efectivo pero muchísimo más doloroso. ¿Entonces? ¿Cómo es mejor quitarse la curita?

Algunos ejemplos

Mi amiga Angie estuvo de novia ocho años con el mismo chico. Era de esas parejas que se vivían peleando pero que seguían y seguían sin que ninguno alterara el pequeño ritmo del otro. Sus familias, la familia de cada uno, era la extensión de la propia. Incluso Angie se llevaba mejor con su cuñada que con su propia hermana. Pero el tiempo era un aliado y un enemigo. El mundo se abría como un abanico lleno de posibilidades que ninguno de los conocía por estar en la burbuja de ese noviazgo. El primero en tener curiosidad por el mundo exterior fue él que empezó a salir con otra. Se separaron durante seis meses pero otra vez volvieron. Igual ya no era lo mismo. La válvula de escape estaba abierta. Un año después, mi amiga hizo un viaje al exterior por tres meses pero no volvió por ocho. A la distancia, dejó a su novio. No fue algo tremendo. Los dos se lo tomaron bien. Todavía se llaman cada tanto para saber cómo están pero casi ni se extrañan. Estuvieron todo el tiempo que quisieron juntos, se disfrutaron, se quisieron mucho, y finalmente, cuando llegó el momento, se separaron. Cada uno siguió con su vida.

Mi amiga Claudia, en cambio, nunca fue de estar de novia. Pero hubo una excepción a la regla. Lo conoció una noche de verano en Plaza Dorrego cuando él le invitó una cerveza. Para sorpresa de todos sus amigos, se puso de novia casi inmediatamente y su discurso de la “independencia de la mujer” se fue al tacho. Se enamoraron con intensidad y les fue muy bien por dos años y medio. Pero de un día para el otro, él decidió que ya no estaba “tan enamorado”. La decisión fue muy drástica y terminante. No hubo reconciliaciones ni idas y vueltas. El día que él quiso terminar, terminaron. Mi amiga Claudia se hundió en un dolor del tamaño de una ballena con un arpón clavado en el medio de los ojos. Lo superó de a poco. Recién ahora está con otro chico.

¿Entonces? ¿Cómo es mejor quitarse la curita?


Las opiniones

El hecho es que hay mucha gente que realiza la étapa del duelo mientras todavía está en pareja. Pero hay otra que empieza su duelo justo pero justo después. ¿Hay un método mejor que el otro? ¿Es mejor seguir en una relación desgastada pero segura o es mejor dejarse ir en el momento justo aunque duela tanto pero tanto como sólo lo saben las ballenas?

Marina, una compañera de la facultad, me dijo “Cada vez que me peleaba con mi ex, yo me lloraba todo. Me acuerdo que una vez estuve tirada en la cama como por una semana. Mi tía se acercó y mientras todos me preguntaban cómo no era yo la que ponía fin a esa historia, ella sólo me dijo ¨Yo te entiendo. Es mejor volver y separarse millones de veces hasta un día, el día menos pensado, ya no te duela¨. Y fue así, tal cual. Volvimos y nos separamos tantas veces que ni nos dimos cuenta cuándo fue realmente que terminamos”.

En cambio, Clara, una recepcionista del lugar donde trabajo, me confesó: “Me arrepiento de todo el tiempo que perdí con mi ex novio. Tantos años que estuve con él para que un día me diera una patada. La verdad que me arrepiento. Tendría que haber cortado la primera vez que nos separamos. Los dos años que vinieron después estuvieron de relleno”.

Claudia, en cambio, siempre me dice que si un día antes de conocer a su ex, le hubieran advertido cómo iba a terminar todo, ella igual se hubiera tomado esa cerveza.

¿Y yo? ¿Qué pienso yo? Yo soy de las que prefieren las relaciones intensas aunque también tengan finales intensos. No importa el tiempo que lleve en el medio. Después de todo la gente que piensa que “perdió el tiempo” al momento de terminar una relación no sabe “ganar”, ni aprender, ni tiene una meta que trascienda a la historia.

Pero lo que no entiendo es… ¿Por qué me tengo que sacar la curita? ¿Por qué? ¿No me la puedo dejar hasta que se salga sola de la rodilla?

jueves, 9 de julio de 2009

La mentira de la Cajita Feliz

O la teoría de que lo grande no viene en frasco chico
bla bla bla

La felicidad, qué tema. Algunos creen que es una sensación hormonal. Algunos la llaman endorfinas. Otros, adrenalina. Hay quienes la llaman un buen vino o una barra de chocolate. Y nunca falta quien la llame clonazepam. Pero sólo son síntomas de la eterna búsqueda de la felicidad en dosis pequeñas y fácilmente administrables.

Por eso siempre pienso que uno de los grandes inventos de la humanidad es “La cajita feliz”. A lo que me refiero no es a la hamburguesa con papas fritas, un vaso de gaseosa y un juguete, sino que me refiero al concepto de una caja que nos convida la felicidad apretujada en un pequeño recipiente de colores.

Todos queremos la cajita feliz pero no sabemos donde comprarla. Todos soñamos con saciar nuestro apetito de belleza sin límites.

Para algunos su cajita tendría adentro dinero. Otros incluirían en su menú a la salud, al éxito o a la buena fortuna. Y muchas mujeres, mucha más mujeres de las que se cree, pondrían adentro de su caja al hombre de sus sueños. ¿Pero podría existir algo así? Sin duda, la cajita felíz, más que una increíble fórmula de ventas, es una ficción literaria fantástica.

Para mí, en cambio, la felicidad sería tener la maquina del tiempo. Poder ir y volver. Retroceder y adelantar, como si los guionistas de Volver al futuro, Robert Zemeckis y Bob Gale, hubiera contemplado todas mis fantasías. Y yo también me la imagino pequeña. Con un diseño intuitivo como el de los i-pod, fácil de manejar, que ocupa un gran lugar en las góndolas de los productos de tecnología y, sobre todo, un pequeño lugar dentro de la cartera.

Supongo que eso me pasa porque siempre fui una coleccionista de recuerdos: Cómo me gustaría volver a esa tarde en la que probábamos mermeladas caseras al costado de la ruta con mi papá. La primera vez que mi primer novio me dijo “te quiero porque me importa lo que te pasa” y sentí que ese día la siesta se volvió violentamente más hermosa. Pero también pequeñas cosas, como jugar a la mancha en el patio de la primaria o el día que me compraron ese juguete tan especial.

Lamentablemente, todavía ningún científico de Massachussets inventó un producto que nos garantice la felicidad y es imposible comprarla por Mercado Libre. Parece ser que quizá no exista, aunque la idea nos deje a muchos desolados.

Pero igual, por las dudas, cuando vaya y la chica del mostrador me pregunte:

“¿Desea agrandar el combo?”, le pienso contestar que sí a ver qué pasa.


jueves, 2 de abril de 2009

Triste Chica Cosmo (4)

o acerca de los recuerdos imperfectos
bla bla bla

Cuando estoy debajo de la ducha, a veces tengo pensamientos muy tristes. Como si el agua me atravesara. Me dejara rota.

No sé bien en que momento de mi vida me di cuenta que hay mujeres que nacieron para ser perfectas y otras que no. Las vidas de las perfectas son vidas lineales. Consiguen todo lo que se proponen al primer intento. La independencia económica. El vestido negro que lo disimula todo. La dieta de adelgazar que verdaderamente funciona. El hombre de sus sueños.

Otras, como yo, en el medio nos confundimos un poco. Nos perdemos. Nos anotamos en varias carreras a la vez. Nos apasionamos con cada una. Adelgazamos 5 kilos. Los volvemos a engordar. Conocemos a un hombre. Nos enamoramos perdidamente. Pero de un día para el otro nos damos cuenta que el hombre de nuestros sueños es nada más y nada menos que Freddy kruger.

Aún así, volvemos al ruedo. Al tema de las citas. Y, aunque debajo de la ducha extrañamos a Freddy, sabemos que estamos en paz. Que ya sólo nos vemos con él en nuestras peores pesadillas.

Como el pasto siempre es más verde en otro jardín, con las perfectas nos envidiamos mutuamente. La perfecta envidia nuestra despreocupación y nuestra fragilidad. Nosotras, la perfecta linealidad de la vida perfecta que jamás conoceremos.

Una vez, una perfecta y yo nos disputamos un chico. Uno de los hombres que más amé. Y por supuesto que ganó la perfecta. Pero, intuyo, que cuando la perfecta se descuida, él tampoco le puede escapar a sus recuerdos imperfectos. Por más que la perfecta lo intente no puede contra algo que está absolutamente fuera de su control: los recuerdos no pueden ser saboteados. Son propios, personales e instransferibles.

Y esa es nuestra revancha. Imperfecta, obvio, ya que es también nuestro peor castigo.

Siempre seremos recordadas con ternura pero no con el suficiente amor como para no ser



sólo un recuerdo.


jueves, 26 de marzo de 2009

Tire y empuje

La dinámica de las relaciones
bla bla bla


El que inventó el sistema de las puertas con tire y empuje es un ingenuo que cree en la racionalidad de la gente. ¿A quién se le ocurre un invento que va contra el sentido común? ¿Quién se pone a leer el cartel de una puerta antes de empujarla para entrar?

Yo siempre empujo. Siempre empujo. No importa cuántas veces haya ido al mismo lugar. Siempre empujo. Está en mi naturaleza.

Pero hay personas que comprenden las reglas, que internalizaron el mecanismo y que, frente a una puerta, en vez de empujarla, tiran. Mi ex novio, por ejemplo. Y yo siempre empujaba y él siempre tiraba y no había nada más que eso: frente a la misma situación los dos reaccionábamos con un movimiento de fuerzas opuestas.

Supongo que un día yo empujé y él tiró. Ninguno pudo pasar. Nos dijimos de todo. Nos prometimos olvidarnos. Y cada uno fue en busca de puertas automáticas.

En cualquier relación hay sutiles juegos de fuerzas, pequeños y oscuros movimientos, que, en combinación con el instinto, conforman un cóctel más que explosivo. Y a veces tiramos demasiado rápido o empujamos muy tarde. Sin embargo, de todo eso quise olvidarme anoche cuando toqué la puerta de Gastón y él me abrió. Me abrazó. Me hizo reír. Y dejé que los pensamientos se fueran por un rato. Nos besamos. Nos olfateamos como lo hacen los animales. Y nos dejamos llevar.

Sin tires ni empujes.

martes, 17 de marzo de 2009

Lo llamo. No lo llamo.


bla bla bla

Tengo la teoría de que él que llama primero, después de una pelea, sienta un precedente que a lo largo de la relación se pagará muy caro. Sé por mis relaciones pasadas que es así. Yo siempre fui la ansiosa-compulsiva-ceroestratega-boludona que llamó primero. Pero esta vez no voy a sentar ese precedente para mi legajo. Esta vez no.

Mientras tanto me como las uñas, miro el teléfono que parece mirarme, observo la pantalla de mi celular, chequeo mi bandeja de entrada, entro a mi facebook, voy a mi muro, me conecto y me desconecto al msn, lo bloqueo, lo vuelvo a admitir, me agarro con la pincita de depilar, me hago una máscara facial y, ya que estamos, una máscara capilar. Lifting para los pies. ¿Lifting para los pies? ¿Quién habrá inventado tal idea? Mis cejas ahora están tres veces más chicas. La piel de mi cara se ve más brillosa. Mi pelo está más suave. Mis pies ¿Mis pies? Uno lindo. El izquierdo más o menos. Uff. Estoy en problemas. Creo que lo voy a llamar. No. Mejor no. Sí, si. Mejor lo llamo. No. Mejor no lo llamo. ¿O si? ¿O le mando un mensajito? ¿Le mando un toque? ¿Le dejo un mensaje en el contestador?

Llamo a mis amigas para alivianar el efecto-Gastón-no-me-llama.

Cecilia:

Ya está.

Paula:

¿Qué? ¿Qué está?

Cecilia:

Te conseguí el teléfono de Mari.

Paula:

Ufa. Te estoy hablando de Gastón … ¿Pero quién es Mari?

Cecilia:

La bruja, Paula. La bruja.

En fin. De él ni una sola noticia pero el miércoles a las 3 de la tarde tengo una entrevista con Mari, la bruja.


miércoles, 4 de marzo de 2009

Instinto Animal

O la teoría del romanticismo biológico
bla bla bla

Al contrario de lo que mucha gente piensa, la mayoría de los comportamientos que consideramos más “civilizados” están cargados de 99, 9 % de instinto animal.

Algo que siempre me gustó, desde muy chiquita, son los canales de animales. Me encanta quedarme mirando como los animales coexisten o se asesinan sin piedad.
Cuando una leona amamanta a su cachorro tiene exactamente la mirada de la mujer que mece a su hijo recién nacido. Sostiene con sus garras poderosas el pequeño cuerpo con la suavidad que una abeja se apoya sobre una flor.

De la misma manera, la noción de juego es algo que los animales manejan con absoluta destreza. Los cachorros de una misma manada juegan entre ellos estableciendo sus propias reglas y sanciones. A través de estos juegos crean el sentido de pertinencia con la manada como los chicos del jardín de infantes "Pinocho" con su salita azul.

Sin embargo, aunque los animales sean capaces de tener elaborados márgenes de acción, cada vez que la gente pierde el sentido común en alguna situación, sea porque siente ira, celos o porque tiene comportamientos extraños, para justificar esas reacciones utiliza la burda comparación con los animales.

Lo mismo sucede hoy en día en los temas del amor. Se pregona por todos lados que hay que “seguir los instintos”. Se justifica relaciones descartables, situaciones de gran vacío emocional, con argumentos hormonales. Y todos nos olvidamos de algo muy importante.

¿De qué?

De los rituales de apareamiento.

Los gallos, por ejemplo, para conquistar a las hembras, abren las alas, inflan su cuello, levantan la cresta y pelean con los otros gallos en frente de ellas.

Los grillos machos cantan. Sólo los machos cantan para atraer hacia ellos el objeto de deseo tan cotizado. Las hembras sólo escuchan el canto. Y no hacen nada más. Nada más. No tienen que mandar un mail, ni un mensaje de texto, ni firmarle el fotolog al grillo macho.

Los sapos esperan a las hembras en las zanjas listos para el más húmedo encuentro de reproducción. A veces se suben más de dos sapos arriba de la hembra lo que termina por asfixiarlas y matarlas. No hay una mejor definición de un crimen pasional.

También hay casos más extremos, por supuesto. La hembra de algunas especies de arañas terminan por comerse al macho que la acaba de fecundar. Cualquier semejanza con Mujeres asesinas o Amas de casa desperadas no fue premeditada por la escritora.

Todo vale dentro del reino animal donde, para que las leyes de nacimiento, reproducción y muerte se cumplan al pie de la letra, la naturaleza dio forma a un complicado pero a la vez simple ritual: el cortejo. ¿Qué otra cosa es sino un ritual de apareamiento?
Así que cuando una mujer le dice a un hombre que quiere que la corteje no debe entenderse otra cosa: sólo quiere que la naturaleza siga su curso habitual sin saltearse ninguna etapa.

Basta de excusas. Las mujeres necesitamos que nos lleven a pasear, al cine. A caminar bajo el influjo de la luna.

Porque el influjo de la luna no es invención poética: existe. Todo pescador sabe que cuando hay luna llena no va a haber pesca. Las mujeres rompen fuente cuando cambia la luna. Las mareas cambian.



De la misma manera, el romanticismo no es un invento azaroso.


No.


Es una necesidad biológica.

martes, 30 de diciembre de 2008

EL TERCERO SIMBOLICO



o el cementerio de los exs

bla bla bla

Una vez leí en una revista psicoanalítica que para que una relación funcione siempre debe haber un tercero. Un tercero a nivel simbólico. De alguna forma, esta afirmación nos dice que los celos, en su justa medida, son algo necesario.

Nunca fui una mujer celosa. No es que sea la reina de la seguridad pero el gasto de energía que produce “estar celoso” me parece un agregado insoportable al gasto de energía de “estar enamorado”.

Hace unos años me embarqué en una relación rara que duró unos cuantos meses. Al principio teníamos una especie de juego. En vez de actualizarnos con el historial emocional de cada uno teníamos el acuerdo tácito de que ninguno de los dos mencionaba a nadie. Algo así como: Desde acá empezamos de cero. Nuestro pasado no nos condiciona. Vivimos el presente. Somos el hoy. Siguiendo esta dinámica, pasaron tres meses: Alguno iba a tener que decir algo acerca de sus antiguas relaciones. Era como un western donde alguno de los dos tenía que desenfundar primero y disparar cuanto antes. El primero fue él.

Me confesó que estuvo perdidamente enamorado, que ella lo había abandonado, que estuvo deprimido todo un año, que nunca pudo entender la situación. Yo jamás, hasta ese momento, había conocido un sentimiento como el que él me describía. Cada vez que él la mencionaba, por el sólo hecho de que no era un tema habitual, se volvía un espina que se me atravesaba en la garganta y que no podía digerir. Obviamente que, a partir de ahí, mi transformación fue inminente. Me transformé en algo odioso: la celosa de la relación.

El me demostraba que estaba conmigo, que sentía cosas por mí, pero yo no podía evitar escuchar, aunque estuviéramos hablando de otra cosa, ese tono entre sangrante y amoroso que tenía su voz apenas la mencionaba. Todavía ahora, que estoy escribiendo este post, muchos años después, parece que lo siguiera escuchando.

Después entendí, que, tal vez inconscientemente, todo eso era algo que él fomentaba. De alguna manera deslizaba conclusiones acerca del amor o de la pareja nacidas de su experiencia pasada. Pero en ese momento no lo veía tan claro. Me pasaba horas pensando en el nombre de esa mujer. Horas pensando en su personalidad, en su belleza. Horas imaginándome cómo había sido la vida de él con ella. Las rutinas que seguirían juntos. Si irían a cenar al mismo lugar que él me llevaba. Y a veces, entre llanto, si él realmente la había olvidado o seguía extrañándola.

Apenas nos dejamos de ver el nombre de esa mujer volvió a ser sólo un nombre más y dejó de ser una idea recurrente que me sacaba la felicidad. De hecho, ya ni pienso en el tema, lo que comprueba lo atinado de la teoría del tercero simbólico. Sólo cuando terminé esa historia me reconcilié con la ex de mi ex. También me di cuenta que, a la vez, yo iba a ser una idea recurrente para otra mujer, una espina atravesada en la garganta para la siguiente. Y cómo pasa con los muertos, que una vez debajo de la tierra ya no se distinguen entre ricos y pobres, hombres y mujeres, niños o ancianos, finalmente el mismo territorio inhóspito del olvido nos iguala con los otros que fueron pero que tampoco son.

Ella y yo, todos en algún momento de nuestras vidas, fuimos a parar al cementerio de los exs.

viernes, 17 de octubre de 2008

SEIS GRADOS DE SEPARACION

¿Estaremos tan cerca?
bla bla bla

Seis grados de separación es una teoría que intenta probar que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. También la llaman la teoría Bacon, porque unos científicos de Massachussets tomaron al actor Kevin Bacon como conejillo de indias, vinculándolo con cualquier otra persona del planeta.

La teoría de los seis grados de separación tiene sus detractores y sus defensores en lo significaría esta afirmación en torno al tema del amor.
Sus detractores argumentan que es una de esas teorías engañosas. En apariencia, podría ser positivo. Sin embargo, también estaríamos unidos por seis grados de separación con las ex novias de nuestros ex novios, con sus futuras novias, y por sólo seis grados, seguiríamos unidos a personas con las que no quisiéramos tener ningún vínculo para siempre. Sin mencionar que sus más acérrimos oponentes sostienen que una idea tan descabellada atentaría contra nuestro libre albedrío a la hora de relacionarnos, o de sencillamente tener una cita.

Sus defensores en cambio sostienen que es una gran afirmación en contra del individualismo y la falta de contacto real. Finalmente nos daremos cuenta de que estamos conectados por sólo seis piezas en el dominó global y del valor de cada pieza en nuestros pequeños eventos. Su comprobación nos otorgaría un sentido de comunidad en una época en que la globalización va de la mano del aumento del anonimato y de la soledad.

Yo tengo una opinión formada en el tema. Antes de hacer experimentos de facebook, de Messenger, por correo, estos científicos poco ortodoxos de Massachussets tendrían que simplemente haberle preguntado a una mujer.

¡Es verdad!

Esta teoría es descabellada sólo en apariencia. Las madres lo saben. Las abuelas lo saben. Nunca paran de decir que el mundo es un pañuelo. Y de hecho ¡lo es! No estamos tan lejos uno de los otros. Y las mujeres somos expertas en averiguar los vínculos que nos unen o nos separan.

No sé a ustedes pero a mí me encanta la idea de que ahí nomás, tal vez frente a un monitor como yo, casi como si pudiera extender mi mano y tocarlo, a sólo seis grados de separación, se encuentra
the man i love.

martes, 7 de octubre de 2008

El de los pantalones rotos

o acerca del amor a última vista.
Bla bla bla

Imagínate que vas distraída por la calle y de golpe levantás la vista y ves a alguien que te sonríe y que se va. Esa noche, si llamás a tu mejor amiga, no le vas a decir: “Hoy iba caminando por la calle y un chico con los ojos oscuros me sonrió”. Pero seguramente antes de dormir lo recordás y otra vez te roba una sonrisa.
Eso es un amor a última vista.

Como bien lo expresa Baudelaire, el amor a última vista es un amor de ciudad. Es el amor en medio de la multitud. Es el flechazo. El relámpago de ver a alguien entre la gente y sentir “eso” que segundos después se va a escabullir así como llegó. A veces es sólo una mirada. Como cuando vas caminando por la calle y chocás la vista con el repartidor o el chico de un auto. Son minutos. Se sabe de antemano que no va a haber intercambio de ningún tipo. Que sólo se tratará de eso. Así de pasajero. Una experiencia perceptual.

El viernes fui a una fiesta con mis amigas. Una fiesta muy cool en Nuñez, con buena música, gente copada, y si bien, Amy, Claudia y Cecilia se fueron a eso de las 5, Angie me pidió por favor que nos quedemos más tiempo porque había alguien que le gustaba mucho. Y bueno, yo, que estaba super cansada pero que soy buena amiga, accedí. Pero qué aburrida que estaba. Un flaco se puso pesado y hasta me arrinconó y me besó. Pero a mí no me gustaba para nada su forma de ser. Huí. La verdad que tenía ganas de irme de la fiesta y llegar a mi casita, a mi camita, a mi almohada preferida. Pero algo inesperado cambió mi humor.

Me senté en un sillón super cómodo y me fui quedando dormida mientras Angie revoloteaba por ahí en conquista de su galán. Al rato un chico que estaba en el otro sillón me toca el hombro y me dice:

El:
Che… se te corrieron las medias.

Paula (desganada):
Ah, si. La chica que está ahí me quemó con su cigarrillo sin querer.

El:
Uuu, qué lástima. (Se da vuelta).

Paula (Que se despertó súbitamente al mirarlo bien):
Pero... ¿queda muy mal? (mostrándole sutilmente la rodilla derecha )

El (que le vuelve a prestar atención a Paula y a su rodilla):
No, te queda bastante bien.

Paula:
Pero sabés qué. Vos estás peor. Se te rompieron las botamangas de los pantalones.

El:

Uy, no me di cuenta. ¿Me queda muy mal?

Paula:
No. A vos te queda bastante bien.

(Risas de los dos)

Paula:
Decime la verdad.

El:
A ver. ¿qué?

Paula:
Te rompiste las botamangas a propósito. Para tener onda.

El:

Sí. Fue un trabajo arduo. Me re costó.

Paula:
O fuiste al shopping y le dijiste a la vendedora – “Dame los pantalones más rotos que tengas. Los quiero ya.”

El:

Me descubriste. Soy una víctima más de la moda.

Paula:
Me lo imaginaba.

(Risas de los dos)

En ese momento viene Angie a buscarme y tuvimos que emprender el regreso con el auto de su nuevo galán.

Podría decir tantas cosas acerca de él. Que era un tímido, un lerdo o un tonto. Que cuando lo saludé me podría haber pedido el celular, el mail, o cualquier cosa. Pero no. No voy a decir nada. Es que es linda la sensación de que un desconocido te lleve a hacer bromas tontas y reírte por cosas insignificantes. Es muy linda la sensación de sentir que alguien te gusta al menos por cinco minutos.

De todos mis amores a última vista, que fueron cientos, este fue con el que más hablé.





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miércoles, 10 de septiembre de 2008

El que nos pasamos todas

o la teoría de la transición
Bla bla bla

Cuando corté con Mr. Wrong mis amigas me sugirieron que tenía que verme con Gabriel. Yo siempre las trataba de tontas por no haberlo valorado, ya que, de una por vez, se había visto ocasionalmente con Angie y con Claudia. Y yo no entendía bien qué tenía mal, por más que ellas se esforzaban en explicarme.

Claro. No lo entendí hasta que salí con él.

Gabriel es todo un caballero. Es atento y comprensivo. Inteligente. Te escucha cuando hablás. Te abre la puerta del auto. Ni siquiera es que me aburrí porque es divertido. De hecho, tiene una historia familliar muy entretenida. Pero al final, no tengo otra excusa, resulté igual que mis amigas.

La cita fue agradable pero despojada. No sé si me explico. Para colmo, en medio de la cena, recibo un sms:

- ¿ En qué andás?

Era Matías no-perfecto y su olfato detector de citas. Después de más de una semana sin dar noticias de vida, salgo con otro y ahí aparece. ¡Dios!

Esa noche Gabriel me llevó a mi casa. Nos dimos un beso. Un lindo beso, pero no creo que nos volvamos a ver. Me cae muy bien. De verdad. Pero ... ¿Por qué no nos encandila a ninguna de nosotras? ¿Si tiene todo lo que estamos buscando?

Lo mejor es que él, en lugar de tener problemas de autoestima, o sentirse una promiscua, como haríamos nosotras, por haber salido con todos de un grupo y no terminar con ninguno, seguro que se debe creer un galán. ¿O no?

Tendría que haber esperado más pero no pude y apenas entré a mi casa le contesté a Matías.

- Acabo de poner Virgen a los 40. ¿Y vos qué hacías?
- Ja. Esa es genial. Ya es re tarde. Me voy a dormir.
- Ok - le contesto.
- Hablamos en la semana - me dice él.

Así que sigo en Stand-by. Por no decir que me pusieron en Pausa.

La realidad es que Gabriel es el típico target de transición. Así fue para Angie, para Claudia, y finalmente para mí. ¿Terminaste recientemente una relación? ¿Querés volver a entrenarte lentamente en el tema de la seducción? ¿Querés creer que en esa jungla de mujeres solteras al ataque todavía quedan hombres buenos que te tratarán bien? Te paso su teléfono y lo llamás. Pero no esperes sobresaltos ni locuras. Eso sí.

Tener una cita con Gabriel es como un día de sol en un parque. Sólo que vos vas a mirar de reojo a la montaña rusa. Porque por más que sepas que si te subís vas a terminar vomitando, de vez en cuando te gusta,

cómo te gusta,


sentirte mareada.



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lunes, 1 de septiembre de 2008

Ellos y la tapa del inodoro

Esta también es una historia de amor. Pero una historia de amor tormentosa.
bla bla bla

Tengo la teoría de que los hombres y la tapa del inodoro tienen un secreto vínculo emocional. No es una simple casualidad, un lapsus, un error, dejar la tapa baja.

Con respecto a este tema, podemos sugerir dos categorías de orden cotidiano. El que no sube la tapa del inodoro, y él que sí la sube, aunque ninguno de los dos está de acuerdo con su existencia.

El que no sube la tapa del inodoro es de la peor calaña de persona. Así como es con ella, la tapa, es con todos: hombres y mujeres. Es un egoísta, en todos los órdenes de la vida: en un viaje en tren, en subte, en su trabajo, en la cama con una mujer.

El que no sube la tapa del inodoro, secretamente está enojado con su madre. Su madre tenía un amante, se casó otra vez, empezó una carrera universitaria y dejó de prestarle atención, dejó de cocinar su comida preferida, o sencillamente el hombre en cuestión aún no puede asimilar el nacimiento de su hermanito aunque hayan pasado treinta años. Tal vez, y esta es la peor hipótesis, por accidente vio a su madre teniendo sexo con su padre.

Pero por el bien de la civilización, está la otra categoría. Los que suben la tapa del inodoro. Este perfil es mucho mejor. Al menos intentan relacionarse. Ceden un poco, lo necesario, lo que hay que ceder, y no tienen el instinto machote de mear el territorio. Al menos no todo el tiempo. Aprendieron la lección de mamá y tienen una relación sana con ella. Saben que se acuesta con papá, pero tratan de no pensar demasiado en ello.

Finalmente, hay una clase de hombre diferente a estas dos. El que sube la tapa y después la baja, como tiene que ser, por el bien de su damisela. De esta clase no se tiene información hace varios siglos. Se sabe que existía en la antigua Grecia y que tomaba el té con Zeus.

Esta especie de semidios o se ha declarado extinto o es una raza de hombre mitológica.

viernes, 15 de agosto de 2008

EL QUE NO SABES SI ES GAY

Los confundidos y los que nos confunden
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Por siglos y siglos las mujeres se preguntan cuál es el método para delucidar si el hombre dulce, sensible y cariñoso, dotado de buen gusto, que encima es una suerte de Brad Pitt encubierto, y que tuvieron la fortuna de conocer en una feria de diseño, es gay o no.

He aquí la respuesta que estuvieron buscando por años. ¿Cómo diferenciar al impostor del reprimido?

Si bien es cierto que la homosexualidad es el argumento más usado para contrarrestar el rechazo de un hombre, no todos los hombres que nos rechazan son gays, así como no todos los que nos acosan son heterosexuales. Este pensamiento es aterrador. Lo sé. Hace poco, y casi al unísono, Diego y Tomás, dos compañeros de la secundaria, me agregaron al facebook, y me acordé de esta historia.

Los dos eran excelentes conocedores del mundo de las mujeres. Tomás, hijo único de madre divorciada. Diego, único varón, rodeado de tres hermanas. Tipos sensibles. No temían llorar durante una película, con excelente gusto para vestirse, y sus objetos eran objetos de culto. Una vez encontré bajo el banco de Diego un libro usado de Jane Austen. Tomás escribía poemas que escondía de los varones.

Diego y Tomás eran como dos Apolos adolescentes. Altos, con espaldas erguidas. No perdían oportunidad para sacarse la remera en el campo de deportes y pasearse con sus torsos desnudos. Eran lindos y lo sabían. Y todas nos moríamos por ellos.

Con Diego nos sentábamos juntos y nos llevábamos increíblemente bien. Tan bien nos llevábamos que yo terminé a sus pies, pero él no me miraba, ni a mí, ni a ninguna. Ni siquiera a la más linda del colegio: Vale.

Diego y Vale fueron novios dos semanas, pero las malas lenguas decían que ella lo dejó porque él ni siquiera le dio un beso. Y de ahí en más todas lo perdonamos a Diego por su rechazo. Estábamos seguras de que era gay y lo adoptamos. Escuchábamos Madonna juntos, comentábamos nuestras citas, nos depilábamos las cejas adelante de él, cantábamos "the girls just want to have fun".

Tomás, en cambio, con su perfil de chico sensible se habilitaba el acceso al reino femenino. No perdía oportunidad para cambiar de novia. Con un poema ya ganaba una chica nueva. Iba con cinismo regalando poemas. Empezaba como amigo pero siempre quería más. Aún así siempre estábamos con la duda. ¿Vieron como baila? ¿Será gay o no? Y yo también tenía la duda, hasta que una vez, en un boliche, me arrinconó bajo el hueco de unas escaleras y me dio un beso. Diego nos vio y se puso a llorar. Todas pensamos que Diego estaba enamorado de Tomás. Incluso Tomás.

Años después, por cosas del azar, sólo sé dos cosas de Diego y Tomás. Diego trabaja como creativo en una agencia de publicidad. Está de novio y con planes de casamiento con una rubia despampanante. Sigue siendo un tipo sensible y divertido, que se hace pasar por gay por una cuestión de marketing. Y otra cosa que sé es que yo me lo perdí. (Mi mamá siempre me lo recuerda).

La historia de Tomás es más triste. Tomás estuvo a punto de casarse con Leti, pero a último momento la dejó. Empezó a salir con distintas chicas. Y poco a poco fue cayendo en una profunda depresión. Bajó diez kilos, le creció la barba, se enfermó de neumonía hace dos años, y estuvo con riesgo de muerte. Realmente estuvo mal. Hasta que entendió que lo que tenía que hacer era decirle la verdad a su mamá, y así lo hizo: me gustan los hombres, confesó. Y de ahí en más volvió a ser otra vez el feliz retrato de Apolo.

De conocerlo a Diego, el impostor, aprendí que se debe tener cuidado con los Diegos que se acercan mucho y tocan de más.

Mi aprendizaje con Tomás, el reprimido, fue el que más me sirvió para la vida.
Todos tomen nota. Anoten esta teoría:


Si baila demasiado bien es gay.

Ponele la firma.

lunes, 11 de agosto de 2008

El que te dice te amo en la primera cita

o la teoría de los estrategas y los sinceros
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Hay dos clases de pibes que te dicen te amo con facilidad.

Están los Estrategas y los Sinceros.

El Estratega y el Sincero son amigos. Y el Estratega le vive dando concejos al Sincero para que sea más estratega pero el Sincero no puede. Es así. Sincero.

El Estratega tiene un master en frases que hacen a una mujer suspirar. El Sincero es el que suspira con las frases que dice una mujer.

Los Estrategas vieron que en las películas justo en la parte del te amo aparece la música y saben muy bien que vos creciste mirando esas pelutodeces. Entonces lo tergiversa. Te dice te amo como si fuera algo cotidiano, como algo a lo que no tiene que darle demasiada importancia. Ejem: “¿Me pasás el azúcar? Qué lindos que son tus zapatos. Te amo por tus zapatos”. Y entonces vos, pobre víctima inocente de hollywood, te quedás suspirando. Pensás dulcemente en ese casi te amo. Te imaginás un viaje a Brasil y soñás con la casi música que nunca sonó.

Los Sinceros, en cambio, quieren hacerse los superados pero se entregan con facilidad. Te dicen te amo con naturalidad porque en medio de un beso les salió, así, desde adentro. Después se retractan pero es tarde. Vos ya te diste cuenta que fue verdad e inmediatamente, él, que hasta ese momento te parecía interesante, ya no te gusta tanto. Ejem.: “Te queda tan lindo esa remera. Te amo… por tu remera. Es divina.”

Y vos, que en el fondo sos una bruja, pensás: “¿Está tan desesperado como para decir te amo en una primera cita?” Y no vas a responder a los llamados del Sincero. Y el pobre Sincero recurrirá desesperado al Estratega para recibir consejos de como tratar mal a una mujer, y así, conquistarla.

No sé por qué las mujeres distinguimos con tanta facilidad a los Sinceros de los Estrategas pero aún así no nos enamoramos de los Sinceros, por fáciles. Pero sí nos imaginamos una luna de miel romántica donde el Estratega se vuelve Sincero. Y en medio de un rapto de amor, con música de fondo, te dice te amo con la voz quebrada y esta vez de verdad.

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