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Toda diva tarde o temprano conoce al hombre que la llevará a los extremos más altos de su vida y los más bajos de su carrera: el chupasangre.
Britney Spears tuvo su Kevin Federline, Whitney Houston tuvo a su Bobby Brown, y por estos lados, bien al fin del mundo, Susana Giménez tuvo su Huber y Pampita a su Martín Barrantes.
Ahí están ellas: amadas, admiradas, deseadas por cualquier hombre, con la caja fuerte tan llena que no se puede cerrar, pero no. Algo les falta si no están en una relación tormentosa que las haga sentir vivas.
A cambio, estas criaturas vampirezcas, que huelen los flashes de las fotos como los murciélagos huelen la sangre vacuna, algo les dan. Aunque no sea precisamente amor.
Su técnica es sencilla: toda mujer, por más exitosa y autosuficiente que sea, esconde el fondo una sed inagotable de pasión.
Al principio, ellos les dan lo que ellas siempre soñaron pero después siempre les quitan mucho más. En los años siguientes de ese primer momento de encantamiento ellas intentarán a toda costa recuperar a ese hombre que conocieron, sin querer aceptar que tal vez jamás existió.
Su maquiavélica misión es clara: minar a la autoestima de la diva hasta crearle dependencia emocional. Poco a poco van boicoteando su integridad y jamás paran hasta lograr que tengan el mismo temblequeo nervioso que la presa tiene ante el cazador.
Y cada día el vampiro succiona y la victima ni siquiera tiende a gritar. Y sin embargo, cuando está a punto de secarse, en ese último momento, el vampiro la calma, la besa, la lleva en brazos hasta la cama, le dice las cosas más hermosas del mundo, reviven la pasión de los primeros tiempos, planifican un hijo, se compran una nueva mansión, y ella, notoriamente, vuelve a brillar.
Y así una y otra vez.
No importa si en el medio se les va vaciando la caja fuerte en pequeñas dosis casi imperceptibles.
No importa las infidelidades ni la explotación si después por las noches tienen adonde acomodar entre las sábanas los pies fríos.
Tampoco importan los golpes ni las adicciones. Y no importan las humillaciones públicas, ni los abogados, ni las rondas de prensa, ni que el dolor poco a poco las va quemando por dentro y agujereando la cama.
En los mejores de los casos finalmente rompen. El juego se disuelve. Volará por ahí el murciélago en busca de sangre más fresca. Huirá despavorida la diva apenas tenga la oportunidad.
Pero algo está claro: para que esta clase de relaciones funcione deben sumarse dos clases de adicciones que da como resultado una combinación fatal: por el lado de él, la adicción al poder, a la fama y al dinero, y por el otro de ella, la adicción al amor.
Lamentablemente, la mayoría de las mujeres sabemos muy bien que no hay que ser una diva para padecer esa enfermedad.
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domingo, 9 de noviembre de 2008
El chupasangre
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HABLEMOS MAL DE LOS HOMBRES
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