
bla bla bla
Las semanas restantes fueron de ensueño. Levantarse con absoluta motivación para ir al colegio. Las mañanas todavía eran frías. Pero en el recreo él se me acercaba. El sol siempre nos daba de frente. El cortejo se repetía. Me regalaba golosinas. Yo, a escondidas, tenía una cartuchera donde guardaba los papeles que las envolvían. También guardaba ahí los avioncitos de papel que me enviaba de ventana a ventana , al estilo de Los amantes del círculo polar, o las notitas que hacía para molestarme en las paredes de las escaleras.
Y así pasaron los meses, llenos de besos en los pasillos y alguna que otra chica celosa por ahí. De vez en cuando él me pasaba a buscar con el auto y nos ibamos a pasear. A veces también venían mis amigas con nosotros. Hasta que un día llegó a nuestro patio una chica de otro colegio que captó la atención de todos los varones del colegio. Incluso la de Fede.
La historia se repetiría, pero ahora me tocaba a mí ser la chica que ya no recibía toda la atención.
Mucha gente podrá decir que en la adolescencia los enamoramientos son pasajeros y no dejan secuelas. Es mentira. La verdad es que a esa edad no se distinguen las cosas en términos de pasajero o duradero. Todo se vive con la misma intensidad.
Las baldosas grises se volvieron más grises y las escaleras más empinadas la semana que Fede comenzó a acercarse a la chica nueva durante los recreos.
Y aunque no falte quien califique esta historia como “cosas de chicos”, la manera en que se dan nuestras primeras relaciones configura la forma en que nos relacionamos después.
Con Fede aprendí tres cosas que me ayudaron para el resto de mi vida:
1) Hay hombres que sólo buscan la adrenalina de la conquista. Una vez que te tienen comiendo de su mano, van en busca de otra presa.
2) Se puede pasarla genial mientras tanto.
3) El amor, definitivamente, no es un juego.