martes, 30 de septiembre de 2008

Besame, besame mucho

Algunas observaciones acerca de los besos
bla bla bla


Besar como arte

Besar es un arte. El arte del intercambio.
Es la zona donde se tantea la habilidad del otro de generar deseo, pero también la habilidad del otro en el tema de desear.
No hay nada más terrible que un hombre que no disfrute besar. Besar por el deseo mismo de un beso.
Nada más triste que tu chico piense que una tarde de besos es una pérdida de tiempo. Nada tan difícil de conseguir como un hombre que no piense así. Un hombre al que no le gusta besar nunca podrá llegar a sentir pasión. Pero, por suerte, la mayoría de los hombres no son así.
Les gusta besar pero con una sutil diferencia. Ven al beso desde el contexto del juego previo. Como un medio para llegar a otro terreno.
Para las mujeres es distinto.
Todo lo demás, lo que viene después del beso, es una extensión del beso mismo, de las sensaciones generadas, de las ganas de perderse en el otro, de caer por caer.

Para las mujeres besar es un arte. El arte del intercambio.


La regla implícita del primer beso con un hombre:

En el primer beso está todo.

El primer beso es determinante para saber si con ese hombre existe “química”. Si lo vas a volver a ver o sino.
Si tenés ganas de seguir conociéndolo. Si se trata de “amor” o sólo de “sexo”.
Si es un hombre para domingo a la tarde o para sábado a la noche.

En el primer beso está todo.

Y esta es una regla universal.


Cosas que un hombre nunca tiene que hacer durante el primer beso con una mujer:


- Ronronear.
- Suspirar.
- Aspirar.
- Soplar.
- Estornudar.
- Reirse.
- Comer o Mascar.
- Besarle la nariz.

Sin embargo, como la psicología femenina es absolutamente caprichosa, ninguna de las cosas de esta lista es válida si el hombre cuestión te gustó desde que entró por la puerta principal.



Comentario más gracioso que escuché de una mujer:


- Me re gustaba pero tenía la lengua dura. Ni loca lo vuelvo a ver.


Algo que escribí a los 15 años en mi diario íntimo:

Me besó. Qué tonta. Me temblaron las piernas.

Pensé que me iba a desmayar.

jueves, 25 de septiembre de 2008

20 lugares comunes en los que cae un hombre

Otra lista de 20 cosas que no querés volver a escuchar:
bla bla bla

1- Necesito un tiempo.

2- Pagamos a medias.

3- Me caso en dos meses.

4- Le quiero poner gas al auto.

5- ¿Otra vez con la dieta?

6- Sos una histérica.

7- La voy a dejar.

8- ¿Te cortaste el pelo? No me di cuenta.

9- Paula, te presento a mi ex.

10- Tenés que tener en cuenta que un litro de nafta sale 2.70 pesos.

11- Estoy en la oficina.

12- ¿Hoy era nuestro aniversario?

13- Ya no siento lo mismo.

14- Vos también con eso de la astrología.

15- Y además el metro cúbico de gas sale $1.

16- En serio. La voy a dejar.

17- No es que no quiera presentarte a mis padres sólo que todavia no es el momento.

18- Pero a ella no la toco ni con un palito.

19- No me gusta Sex and the city.

20- Te juro que esta vez sí la voy a dejar.

martes, 23 de septiembre de 2008

El de la boca grande

O las maravillas del mundo
Bla bla bla



Especial Primavera
(colaboración para Derecho a Roce)



Tenía 12 años y con mi grado fuimos a Capilla del Señor. Había llegado el gran día de la primavera.
Tengo recuerdos varios de esa época. Todos raros. Mezclados. Absurdos. Imágenes borrosas. Como una película de David Linch pero para el Disney Channel. Un viaje en tren. Seríamos como treinta preadolescentes con acné y muchas ganas de conocer lugares nuevos.

Ese año me habían sorprendido en mi cuerpo un par de cositas que años después llevaría con orgullo, pero que en ese momento tapaba desesperadamente con remeras largas y sueltas que me hacían parecer una chica rara. Más rara todavía de lo que era, porque tengo que admitir que muy bien no me integraba con el resto. Cuando mis amigas me empezaron a cargar me tuve que acostumbrar al corpiño. Tal vez no tenga nada que ver con el relato estos detalles, pero estoy tratando de expresar lo complicado que es el ambiente de la pubertad. Me acuerdo con tanta nitidez de cómo me incomodaba usar sostén, pero más que nada de cómo me incomodaban las miradas. También recuerdo que en el viaje estuve escuchando con los auriculares esa canción:
Te vi llegar del brazo de un amigo cuando entraste al bar, y te caiste al piso. Me tiraste el pingüino…
Y que yo me pasé todo el viaje imaginándome pingüinos desparramados. Pingüinos empetrolados. Los pingüinos de las fotos de mi libro más adorado de la infancia “Las maravillas del mundo”. Todas las maravillas del mundo. Todas esas cosas que estaban fuera de mi casa y que yo quería ver, quería tocar, quería sentir.
Durante ese año lectivo me senté al lado de un chico. Le decían el Bocón. Le decían así por el tamaño desproporcionado de su boca. Yo era la típica alumna de buenas notas y él era un desastre. Tenía novia y siempre hablaba de sus chicas. Yo ni siquiera había dado mi primer beso. Creo que no era consciente pero a mí me gustaba. No estaba consciente de eso hasta el día de la primavera que con el colegio nos llevaron a un lugar lejano y abierto. No recuerdo demasiado del lugar, sólo la sensación de que era un lugar abierto, con muchos árboles y muchos adolescentes de verdad que nos trataban como chicos. Y, por más que sea un dato menor, fue la primera vez que vi un preservativo. Estaba tirado en pasto. Mis compañeros me dijeron:
- ¿Sabés lo qué es?
Y yo les dije que sí, que sabía. Pero era mentira. Sabía que era un método anticonceptivo pero no tenía la más pálida idea de para qué realmente se usaba. No entendía el proceso. No entendía su razón de ser. Y no entendía bien qué motivación tan intensa podría hacer que osaran usar un preservativo en un lugar tan lindo, así, con flores y pajaritos, un lugar tan lindo como para hacer un picnic. Pero, bueno, no quise preguntar demasiado.
Ese día él estuvo de lo más simpático. Él era muy simpático aunque no era lindo. Eso ya lo había definido mi grupito. Y yo me reservé el secreto de que me gustaba, así como también me reservé el comentario de que mis hormonas estaban inquietas.
Tampoco recuerdo qué pasó en el medio. Del picnic no me acuerdo nada. Es como un bache abismal que tengo ahí. Llénenlo ustedes. Imagínense un mantel a rayitas y una canastita con sándwiches y a la pequeña Paulita con el pelo más claro y los ojos más grandes.
Lo que recuerdo con nitidez es que empezó a llover. Que las maestras se estresaron. Que nos fuimos corriendo hasta la estación. Que tomamos el tren otra vez y que otra vez me imaginé pingüinos.
Cuando bajamos en la estación mi mamá no me estaba esperando y El Bocón me acompañó hasta mi casa.
- Me queda de paso – me dijo.
Y fuimos juntos. Teníamos puestos nuestros delantales blancos. Llovía.
El estaba hermoso con su cara mojada y se despidió de mí en la puerta. Sentí su humedad.
No pasó nada.
Jamás nos dimos un beso. Ni siquiera nos volvimos a ver cuando fuimos más grandes.
No pasó nada. Nada de nada.
Sólo eso.



Pero fue la primera vez que tuve ganas de enamorarme.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Todos contra Paula

bla bla bla


Si en algo estuvieron de acuerdo todos los hombres de mi vida fue en llamarme inmadura.









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