jueves, 15 de octubre de 2009

Proclama a favor de la liberación masculina


bla bla bla


Pienso que lo mío es una clase de machismo solapado, pero yo creo que hay cosas que los hombres hacen mucho mejor. Mucho mucho mejor.



Cocinar, por ejemplo.




Supongo que se remontará cuando, a sólo dos años de terminar el secundario, me fui a vivir a Congreso y trabajaba como recepcionista en un café cheto de Recoleta. Mi puesto de trabajo quedaba cerca muy cerca de la puerta de cocina, que en las horas no pico, era también mi puesto de entretenimiento.

Ahí estaban ellos: el chef, el ayudante de cocina Nº 1, el ayudante de cocina nº 2, el bachero, y los dos de limpieza, que eran realmente toda mi motivación laboral. Y ahí estaba yo, tan chiquita. Sin mamá que me cocinara. El vínculo fue inmediato. Si me daban comida no había nada que negociar. Me tenían a sus pies.

Lo mejor no era eso. Sino la situación: Imaginense: Recién llegada a la ciudad y rodeada de hombres. Escuchando conversaciones de hombres. Todos de distintas edades. De distintas clases sociales. La única mujer entre ellos. Era fantástico. A los mozos ni los miraba. Mi amigos eran los de la cocina. También ahí aprendí lo dificil que son las relaciones para los hombres. Los felices que pueden ser cuando están en grupo. Y que, salvo que alguna chica les obstaculice la visión, los hombres no hablan (o hablan apenas) de las mujeres. A nosotras, bien lo dice este blog, no importa el coeficiente intelectual o la clase social, siempre terminamos hablando de ellos.

Algunos, sobretodo los más grandes, me trataban como una hija. Eso sí. Siempre se tiraban un por las dudas. Había uno más insistente que los demás. Él más joven. Pero la verdad, es que con los seis, tuve una relación de compañerismo muy protectora.

Me consentían. Mucho. Llegaba y me preparaban un tostado. Lo mejor de todo era la cena. No había un día que no me cocinaban lo que quería y como yo lo quería. Eso no es nada:. Cualquiera de sus platos eran dignos de un catálogo. Me presentaban el plato y todo, en vez de pegarme una patada que fuera tan fuerte que sirviera para devolverme a la madre que me volvió tan malcriada. Claro. Como yo recién empezaba con el discurso de la independencia no medía con habilidad mi suerte. "Pero no le pongan orégano, porque no me gusta". Y ellos le sacaban el orégano. No, que si me los cruzo por la calle soy capaz de tirarmeles encima. Ninguno de los chicos con los que salí me trató tan bien.

Finalmente, cuando dejé de trabajar ahí, además de adelgazar como cuatro kilos, extrañaba un montón a las papitas noisette... y a mis compañeros de la cocina. Esos mismos que, siguiendo el viejo truco, me conquistaron por el estómago. Nunca más me los volví a cruzar pero juro que siempre los recuerdo con mucho cariño.
Por eso es que siempre voy a sostener, de puro agradecimiento, que los hombres cocinan mejor.

Hombres, abandonen sus profesiones rutinarias. ¡No lo duden! ¡Deberían dedicarse a eso!

martes, 13 de octubre de 2009

Grandes preguntas existenciales (1)


bla bla bla


1- ¿Cuál es el sentido de la vida?

2- ¿Por qué la historia argentina siempre se repite?

3-¿Por qué las cebras tienen rayas y los elefantes no?

4- ¿A qué se debe el efecto de refracción?

5- ¿Por qué no estudié administración? (O al menos algo que se explique fácil).

6- ¿Qué podemos hacer contra el calentamiento global?

7-¿A qué misterio le podré adjudicar que no tengo señal en mi cama? ¿ O acaso eso en sí mismo ya es una señal?

8- ¿Me conviene un chico de Piscis?

9- Si hubiera visto "El no está interesado" a los 16 años ... ¿Otra hubiera sido la historia?

10- ¿Por qué los hombres cuando se pierden nunca preguntan una dirección?



viernes, 9 de octubre de 2009

La oscuridad y yo

No preguntes por quién doblan las campanas
bla bla bla

El domingo pasado, cuando llegué a mi casa, justo en el ínterin en el que meto las llaves y paso el hall de entrada, bajan una camilla con un cadáver. Le pregunto al portero “qué pasó”, mientras retira el cuerpo una mujer policía con la cara afligida. “Se suicidó el señor del 5to.”, me contesta muy triste. No sé por que yo había pensando que era una mujer el cuerpo que estaba cubierto. Ahí nomás me enteré que era un hombre, que un día antes estuvo viviendo en mi mismo edificio, un extraño cercano, que se habrá tenido una vida llena de cosas buenas, de cosas malas, y que decidió acabar con todo un domingo de primavera, mientras desobedecía abiertamente la prohibición de Alejandro Casona.

Ante mi relato cada una de mis amigas reaccionó a su modo:

Julia:
- ¡Qué clisé! ¡Matarse un domingo! Si yo me suicido me voy a suicidar un lunes.

Cecilia:
- Bueno, al menos no escuchaste el tiro.

Andrea:
- ¡Qué olor a fiambre!

Angy:

- Qué triste. ¿Lo conocías?


Y pasó. Pasó. El portero sonríe. La gente sube y baja por el mismo ascensor donde descargaron el cuerpo. Nadie ya lo recuerda. Al otro día me enteré que una de mis amigas del secundario está embarazada. Digamos que de eso se trata el ciclo de la vida.

Sin embargo, de vez en cuando lloro por ese extraño que jamás conoceré. Quizá intercambié alguna frase como “Qué día horrible”, “Otra vez subieron las expensas”. No lo sé.

Hoy en la oficina mientras estaba tipiando me llega un mensaje de Gastón.

SMS de Gastón:
¿Estás bien?!! ¿Qué pasó?!!”

SMS de Paula:
- Nada. ¿Por?

SMS de Gastón:
- Por el mensaje de anoche.

Miro mi bandeja de salida y lo leo. Anoche mandé un mensaje del que no tengo memoria alguna a mi ex “no se qué cosa” que además vive en otro país. El sms decía: “Tengo miedo”.

Lo habré escrito justo antes de dormirme. En el momento previo al sueño incluso suelo hablar y no recordar nada al otro día pero jamás (lo juro) había mandado un mensaje. Y mucho menos, un mensaje tan revelador. Y me sentí sola. Y tuve que ir al baño a llorar por tener miedo de noche y dormir con la luz prendida como si tuviera 8 años. Y, para colmo de males, necesitar a alguien que está tan lejos.

martes, 6 de octubre de 2009

Ahora sí


bla bla bla



Paula:
-¡Esto no puede seguir así! En que quedó la parte de “Buenas condiciones de trabajo” que hablamos el día en que empecé. ¡Yo quiero otra computadora! No es por una cuestión de buen gusto o un capricho mío, es que así no se puede trabajar.


Fernando: 
- Bueno, bueno, Paula. Tranquila. Voy a ver que puedo hacer.




Ese viernes salí de la oficina con un humor espantoso pero había defendido mis derechos laborales. El lunes, al mediodía, se acercó el técnico para hacer un backup de mis cosas. Yo tenía un buen presentimiento pero no esperaba esa velocidad de acción. Cuando volví del almuerzo me esperaba una nueva computadora.  Divina. Tocás el teclado y se desliza. No navega, vuela. ¡No lo puedo creer! ¡Me escucharon! Lo malo es que ayer sentí el odio generalizado de mis compañeros.  Fabián me dijo "Cuidado con como le devolvés el favor a Fernando". Yo lo mandé a ... bueno, ustedes se imaginan. Y fui muy clara: "Si ustedes no se quejan nunca jamás les van a dar bola".




Ahora… mi próxima meta es la notebook.

jueves, 1 de octubre de 2009

Furiosa


bla bla bla



Creo que desde que empecé a trabajar en Acme Inc nunca me queje de nada. Ni de la inflación ni del Dengue. Ni siquiera de la mala organización de la cupula. Tampoco me quejé ayer cuando en el after office Diego Redford después de histeriquearme todo el día se haya ido con la rubia de administración.

Es más, ayer, cuando “accidentalmente” Vanesa me pisó y me destrozó el dedo meñique, aunque tuve ganas de matarla, respiré profundo y, mientras me juraba en secreto que me las iba a pagar, miré al piso. Fui paciente con también con sus amigas. Tolerante con el mal aliento de las arpías. Hice meditación casi a diario y hasta estuve pensando en anotarme a Tai-Chi.

Vuelvo a repetirlo. Desde que empecé nunca me quejé de nada. No me importa que Vanesa me odie ni que Fernando, mi jefe, me mire las piernas. No me importa tener dos amigos nerds y una amiga chusma. Tampoco me molesta no tener tiempo ni para ir a almorzar. Ni hablar de que sacar un turno con la depiladora se volvió algo digno del argumento para una saga de Misión Imposible. No me molesta sentirme la mujer invisible aunque con las desventajas de no tener ese lomo setentoso. Y ni hablemos deque la sensación se intensifica cada vez que pasa Martín.

Pero que mi computadora no ande bien… eso es demasiado. Es demasiado. Es demasiado.

LinkWithin

Blog Widget by LinkWithin
Safe Creative #0903300152342